martes, 9 de diciembre de 2014

De bestias y humanos



Era una más entre las muchas salidas veraniegas en bici por los alrededores de Huérmeces. Habíamos madrugando un poco, para evitar en lo posible el calor del mediodía; a las nueve de la mañana, después de descargar las bicis del coche, ya estábamos pedaleando.

No habíamos cubierto ni siquiera los primeros cinco kilómetros de ruta, cuando al fondo del camino apareció lo que en principio nos pareció una piara de cerdos, por la tranquilidad con la que se movían. Pero no estamos en la dehesa extremeña, sino en el páramo castellano, y alejados de cualquier pueblo. Por lo tanto, nada de cerdos, … en todo caso jabalíes. Y con crías.

Nos paramos en seco, recordando la fama de agresivos que tienen estos bichos cuando van acompañados de jabatos. Una vez quietos en la cuneta, paralizados más bien, le dije a mi acompañante que pusiera la bici por delante de él, por si les daba a los adultos por embestir.

Mientras con una mano sujetaba la bici-barricada, con la otra saqué la cámara de fotos, con la esperanza de que me diera tiempo a inmortalizar el momento de la embestida.

La piara se acercó despacio, muy despacio; primero los adultos, que resultaron ser tres hembras jóvenes, luego los ya más que crecidos rayones. Al llegar a nuestra altura, en lugar de embestir, nos olisquearon desdeñosamente y, al carecer de interés culinario para ellos, pasaron de largo, tranquilamente, desapareciendo terraplén abajo, hacia el cercano río.

Y allí nos quedamos, como un par de tontos, con nuestras bicis por  delante, y una temblorosa cámara de fotos en la mano. Bueno, mejor decir que allí me quedé como un tonto, ya que mi acompañante hacía rato que había enfilado el trigal más cercano, pendiente arriba.

Me costó más de media hora convencerle de que el peligro había pasado ya. Que las fieras no volverían. Que podíamos proseguir la ruta…

De nuevo en el camino, mientras acometíamos las primeras rampas del cercano portillo, no pude evitar el preguntarme: ¿Cuántos de los diez porcinos de la piara seguirán con vida el próximo verano? ¿Cuántas balas de cazador se cruzarán en su camino? ¿Cuántos jabatos caerán víctimas de atropellos, enfermedades o predadores?   

También me pregunto si algún día no muy lejano, uno de esos pequeños rayones supervivientes, convertido ya en un poderoso y solitario macho, volverá a encontrarse con nosotros; puede que entonces no se conforme con olisquearnos, sino que clave sus fuertes colmillos en la cubierta de mi bici, justo ese día en que has salido de casa sin cámara de repuesto.

Y mientras tanto, desde lo alto del trigal más cercano, puede que mi acompañante inmortalice el momento, muerto de risa.



Aclaración:

Siiii...ya lo sé. El trigal en el que se refugió mi asustadizo acompañante no es tal trigal. Es un campo de cebada. Ya, pero estarán de acuerdo conmigo en que sustituir "trigal" por "cebadal" o "campo de cebada" le resta fuerza dramática (o humorística, si la tuviera) al texto ¿no? El resto del relato es absolutamente verídico, por mucho que le abochorne a mi acompañante. 

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