martes, 26 de mayo de 2015

Aulagas, peonías, orquídeas y gamones



A mediados de mayo, la falda norte de Itero se tiñe de amarillo. La responsable de este despliegue monocromático es la floración de la aulaga almohadillada.


Como su propio nombre indica, esta aulaga (o aliaga, como se dice por aquí) se diferencia de la común en su porte almohadillado, redondeado, más herbáceo y compacto, creciendo en exposiciones más umbrías y protegidas, y gustando de suelos más profundos y ricos en nutrientes.

La aulaga común, por el contrario, crece en laderas y páramos batidos por los cuatro vientos, en suelos más pobres y exposiciones más soleadas. Es la “aulaga fea”, en comparación con su hermana almohadillada. Las pequeñas matas lignificadas de aulaga común, recogidas después del verano, solían utilizarse para prender la gloria, gracias a su fácil combustión.


Si penetramos en esta densa cobertura de almohadillas observaremos que no es amarillo todo lo que reluce. En los claros del aulagar destacan pequeñas manchas rojizas, rosadas o blanquecinas. Son flores de peonías, orquídeas y gamones.



Algunos de estos claros han sido ocasionados por la nefasta plantación de pinos perpetrada por estos lares en el año 2006. En la zona alta y plana de Itero han llegado a arraigar los pinos, pero en la ladera norte del paraje la plantación ha sido –afortunadamente- un completo fracaso. Eso sí, los hoyos de plantación han sido aprovechados por multitud de organismos vegetales y animales. Aunque también ha ocasionado algún problema puntual de erosión, originándose pequeños surcos de escorrentía allí dónde antes existía una tupida cubierta vegetal.


Surcos de escorrentía, ocasionados por las plantaciones de pinos
  
De las peonías o cornavarios cabe considerar que se trata, sin duda, de la flor más espectacular que puede contemplarse por estos pagos; en Itero es especialmente abundante, aunque se puede encontrar por casi todo el término de Huérmeces; y un consejo: su recolección como flor cortada no merece la pena, ya que la persistencia de sus pétalos es bastante efímera (un par de días a lo sumo).


Los gamones constituyen una de las especies vegetales más abundantes en las parameras y baldíos de la comarca. Su profusa floración blanca, desplegada a lo largo de casi todo el tallo de la planta, supone un contrapunto a la preponderancia del amarillo de los aulagares.

En verano, es difícil para un niño resistirse a la tentación de segar, golpeando con un palo, sus tallos medio secos, llenos de redondos frutos verdoso-amarillentos. Quién no se ha sentido alguna vez intrépido espadachín de páramo, luchando contra estos imaginarios –y herbáceos- enemigos.

Orquídea o satirión púrpura (Orchis purpurea)


Y qué decir de las orquídeas o satiriones. Su humilde porte se ve compensado con creces por la indudable belleza de sus flores. En Huérmeces crecen varias especies diferentes, siendo la orquídea púrpura la de porte más alto. La orquídea del ahorcado pasa algo más desapercibida, pero la forma antropomorfa de su flor no dejará indiferente a quien la observe de cerca.

Peonía o cornavario; justo detrás: Aceras anthropophorum

Aceras anthropophorum, la orquídea del ahorcado (Fotografía: Hans Hillewaert)

La falda norte de Itero, accesible por el camino de Buzón, bien merece una visita en esta época del año.

La falda norte de Itero desde el camino de Buzón; se observan claramente las alineaciones de los hoyos de plantación de pinos y ... una buena noticia: ¡ningún pino!

Chopos y majuelo en flor, en Buzón

Ladera norte de Itero y chopera de Buzón

Peonías o cornavarios; al fondo, a la izquierda: globularia







Acerca de los nombres científicos de las plantas:


Aulaga almohadillada (Genista hispanica occidentalis):

Genista: nombre genérico de origen latino, del que deriva la denominación de la estirpe Plantagenet de los reyes de Inglaterra: planta genesta o plante genest
hispanica: propia de la península ibérica
occidentalis: propia de la zona occidental

Aulaga común (Genista scorpius):

scorpius: denominación latina de escorpión, haciendo alusión al doloroso pinchazo de sus espinas

Peonía o cornavario (Paeonia officinalis microcarpa; Paeonia microcarpa):

Paeonia: por Paeon, el médico de los dioses griegos, mencionado en La Ilíada y La Odisea
officinalis: por sus usos medicinales
microcarpa: de fruto pequeño

Gamón (Asphodelus albus):

Asphodelus: nombre genérico que deriva del griego antiguo
albus: por el color blanco de sus flores

Orquídea o satirión púrpura (Orchis purpurea):

Orchis: testículo en latín, aludiendo a la apariencia de sus dos tubérculos subterráneos
purpurea: por el color predominante en su flor

Orquídea del hombre ahorcado (Aceras anthropophorum; Orchis anthropophora):

Aceras: hace referencia a la ausencia de cuerno (espolón) en la flor
anthropophorum: la forma del labelo de la flor asemeja una figura humana, la de un ahorcado en concreto

Globularia (Globularia vulgaris):

Globularia: alusivo a la forma globosa de su inflorescencia
vulgaris: común, abundante



martes, 19 de mayo de 2015

El valle de los caballos



A poco más de 13 km al NW de Huérmeces, por la carretera de Quintanilla Pedro Abarca y luego por el camino a la ermita de Robledillo, existe un curioso paraje excavado por el joven arroyo o río de Bustillo. Recién nacido a los pies del Castillo de Acedillo, en su discurrir por una pequeña garganta, el modesto arroyo lleva en época de lluvias un caudal suficiente para que se originen pequeños saltos de agua. Uno de ellos da nombre al lugar.

 























Cuando el agua cae en una especie de artesa redondeada, horadada durante millones de años en la roca caliza, hace un ruido similar al de una caldera con agua hirviendo. Ya tenemos el nombre del paraje.

Durante el estiaje, el arroyo casi no lleva agua, llegando incluso a secarse, pero justo al abandonar la garganta, en el prado al que se abre a continuación, dos manantiales aportan suficiente agua como para que el resto del arroyo de Bustillo lleve caudal todo el año.

Y en ese prado nos aguarda –o nos aguardaba- otra sorpresa: una manada de caballos. En verano, tras atravesar la reseca garganta, es un alivio alcanzar el siempre verde prado, con abundancia de agua y sombra. Los equinos se debían sentir en la gloria. Y los curiosos caminantes que se acercaban al lugar, también. Un ganadero de la zona criaba caballos de raza hispano-bretona, y la hectárea que ocupa el prado de La Caldera tiene los mejores pastos en kilómetros a la redonda.


El caballo Hispano-Bretón es el resultado del cruce, realizado hace ya más de un siglo, entre sementales Bretones y yeguas procedentes de las zonas montañosas del Norte de España. Originalmente se utilizaba como caballo de tiro, para realizar labores agrícolas en zonas de montaña. Hoy en día, olvidada la tracción animal, se dedica a la producción cárnica, sin menospreciar la labor medioambiental que realizan estos equinos, al mantener libres de matorrales las zonas de pastoreo, evitando así uno de los factores principales del riesgo de incendios.


Al tratarse entonces de una raza en peligro de extinción, la administración regional inició en 1994 la promoción de esta ganadería, encaminándola a la producción de carne de potro, y subvencionándola con 120 euros por cabeza. La cabaña provincial llegó a alcanzar las 2.100 cabezas reproductoras, localizada sobre todo en Merindades, Condado de Treviño, Demanda y Páramos.

En los últimos años, la caída de los precios de estos animales, el aumento de los costes de explotación, los problemas detectados en Europa con este tipo de carne y la falta de ayudas, han llevado a muchos ganaderos a poner a la venta sus explotaciones. Tras dos años sin ayudas (2013 y 2014), en abril de 2015, la Junta decidió acoplar estas ayudas de la PAC, a través de las medidas agroambientales.


Aparte de su utilización agropecuaria a lo largo del año, en la pradera de La Caldera suelen celebrarse, en la segunda mitad de agosto, una misa y comida campestre, a la que acuden vecinos y veraneantes de los tres pueblos más cercanos: Bustillo, Acedillo y Coculina.

Dos enormes bobinas de cable, de madera, hacen las veces de mesas campestres para este tipo de celebraciones. Ponen la sombra los vigorosos chopos que bordean ambos ramales del arroyo.


Existe en la zona una ruta senderista muy recomendable: El Sendero de La Caldera. Perfectamente señalizado, de unos 13 km de longitud, discurre por buenos caminos, uniendo por bellos parajes los pueblos de Coculina, Acedillo y Bustillo. Puede completarse sin dificultad en poco más de dos horas y media.

Desconozco si el ganadero de la zona continúa aún con la cría de caballos pero, para los que conocimos el lugar una calurosa tarde de verano de hace años, el prado de La Caldera, con o sin equinos, siempre será el valle de los caballos.





Acerca de los nombres de parajes y aldeas:

Acedillo: diminutivo de acedo, alcedo, arcedo, lugar con abundancia de arces; primera aparición documentada: Censo de Población de 1587
Bustillo: primera aparición documentada Libro Becerro de las Behetrías (1352); diminutivo de bustum, término latino que significa lugar dedicado a pasto; también diminutivo de busto, lugar quemado
Coculina: Coacolina (1187), Covacolina (1192); cueva y colina
Robledillo: de significado obvio, lugar con abundancia de robles, en este caso roble melojo, tozo o rebollo (Quercus pyrenaica), un roble al que le gustan los suelos sueltos, arenosos, y que aguanta bien el estiaje. Es un topónimo recogido en la tradición oral. Ermita de la Virgen de Robledillo o de Santa Isabel.

En toponimia mayor de la “comarca” es muy habitual la presencia de nombres de árboles, arbustos, plantas, pastos y derivados botánicos en general. A título de ejemplo:

Avellanosa del Páramo, Espinosilla de San Bartolomé, Fresno de Nidáguila, Mata, Melgosa (mielga, especie de alfalfa silvestre), La Nuez de Arriba, Olmos de la Picaza, Las Rebolledas (rebollo o roble melojo), Riocerezo, Robredo Sobresierra, Ros (rohos o rodos, un tipo de espino), Ruyales (rubiales, de rubias, una familia de plantas), Sotopalacios (soto, lugar arbolado), Tardajos (otero de los ajos), Trasahedo (detrás del hayedo), Villaescobedo (escoba, planta leguminosa arbustiva, de flor amarilla), Villanueva de Argaño (argaño, especie de carrizo)…

En toponimia menor, la lista sería interminable.  





martes, 12 de mayo de 2015

Olmos de la Picaza



A mediados de los años veinte del siglo pasado, Eladia, natural de Huérmeces, hija de Eugenio y Elisa, contrajo matrimonio con Maximiliano, natural de Olmos de la Picaza; y allí, en aquel pueblo cercano a Villadiego, formaron una familia. Tuvieron seis hijos: cinco mujeres (Victoria, Anunciación, Elisa, Carmen y Casilda) y un varón (Agustín).

Para los cinco hermanos de Eladia que se quedaron en Huérmeces y que más tarde se desperdigaron por doquier, ella y sus descendientes pasaron a ser “los de Olmos”, una rama de la familia muy apreciada por todos.

En tiempo de vendimia, durante la primera quincena de octubre, hermanos, tíos y sobrinos de Huérmeces solían acercarse unos días a Olmos para colaborar en las labores recolectoras y supongo que, de paso, también en las de cata.

Las fiestas de ambos pueblos, San Juan en Huérmeces y San Isidro en Olmos, originaban un trasiego familiar recíproco, sobre todo por parte de la gente joven de la familia, y se fortalecían amistades y complicidades que perduraron años.

Ermita de Cuesta Castillo, junio de 1957: las familias de Huérmeces y Olmos comparten celebración



Dos valles y amplias parameras separan ambos pueblos. Se tome el camino que se tome, para llegar del valle del Urbel al del Brullés hay que atravesar previamente los del Ruyales y Hormazuela, y sus respectivos páramos.

Aún así, son varios los caminos que desde Huérmeces permiten llegar a Olmos. El más corto, y con menor desnivel acumulado, es el que discurre atravesando los páramos de Los Tremellos y Tobar, y supone unos 23 km de recorrido. Este es el que solía utilizar la familia en los años 40 y 50 del siglo pasado, cuando iba a visitar a los parientes de Olmos. Una larga caminata, sin duda, aunque los trastos los llevara una burra.

Ruta seguida, aproximadamente, entre Huérmeces y Olmos, por los páramos de Los Tremellos, Las Hormazas y Tobar


Años más tarde, ya avanzados los cincuenta, y según mejoraban las carreteras, existía la posibilidad de ir en bicicleta hasta Pedrosa de Río Urbel, y allí coger el “coche de línea” que paraba en Olmos, camino de Villadiego. En Pedrosa estaba de maestro don Emilio, anteriormente destinado en Huérmeces, y en su casa se podía dejar la bici hasta la vuelta.

Me avergüenza reconocer que, pese a conocer desde pequeño todas estas historias familiares, yo aún no había estado nunca en Olmos. Así que, esta primavera -para qué esperar a un otoño sin vendimia- una de la primeras excursiones de la temporada sería a Olmos, en bici mejor que andando, y sin burra, por el viejo camino Tremello que utilizara la familia en sus desplazamientos de antaño.

Huérmeces desde la mitad de la subida al Páramo por el Camino Tremello
La subida al Páramo por el Camino Tremello, por muy de mañana fresca que se afronte, hace sudar. Aunque, una vez en el alto, cerca del último molino del parque eólico, la casi permanente brisa de estas alturas tarda poco en enfriarte. Y casi resfriarte.

Una de las duras rampas del Camino Tremello
Una vez en la cornisa, comienza la travesía del Páramo en sentido Oeste, bordeando siempre el gran vallejo que forma el arroyo de Monasteruelo. Poco después de dejar a la izquierda el camino que desciende hacia el despoblado, el nuevo camino de concentración toma rumbo sur, hacia Ros.

Páramo entre Monasteruelo y Los Tremellos: nuevo camino de concentración parcelaria, hacia Ros
Nosotros (la bici y yo), tras 3 kilómetros parameando, cambiamos de rumbo 90º a la derecha y, por la linde de una finca, afrontamos la bajada hacia Los Tremellos por el Camino de Las Fuentes.

Páramo de Los Tremellos, hacia el Camino de Las Fuentes
Páramo de Los Tremellos, vista hacia el Norte: Acedillo, El Perul y La Pinza
Bajando hacia Los Tremellos por el Camino de Las Fuentes, se deja a la izquierda el Camino a La Isilla
Poco antes de alcanzar las primeras casas del pueblo, tomamos a la derecha el camino que asciende de nuevo al páramo por La Cárcava. El camino sube hasta alcanzar la carretera de Las Hormazas, que ya existía a principios del siglo XX, por lo que supongo que coincidía con la ruta que seguían mis ancestros.

Desde el puente sobre el río Ruyales, el camino vuelve a ascender al Páramo, hacia la carretera a Las Hormazas y Villaute
Al culminar la subida por carretera, a nuestras espaldas, el robledal de La Frontera, partido en dos por el camino del Monte que se dirige a Ruyales.

Carretera de Las Hormazas, al fondo La Frontera y el camino de Ruyales
Seguramente el paisaje no ha cambiado en exceso desde los años cuarenta del siglo pasado. Acaso la presencia del gran pinar de Las Hormazas, plantado precisamente en aquellos años; la ausencia de lindes arbustivas en el mar de pequeñas fincas de entonces; la clara mejoría en la traza de los caminos de concentración; la práctica inexistencia de ganadería, entonces abundante en los buenos pastos de la zona, como denota la abundancia de corrales; la dificultad para encontrar las poco marcadas fuentes; la escasez de paisanaje a quien preguntar por la ruta correcta (me perdí dos veces en el páramo) …

Lirios en el Páramo de Espinosilla
El paisaje puede que no haya cambiado en exceso, pero ha aumentado considerablemente la presencia de “complementos”. Antenas de telefonía y molinos eólicos balizan los páramos circundantes y las alturas de Acedillo, El Perul y La Pinza. En esta época del año, no deja de tener cierta gracia el contraste entre el contundente verde de los trigales y vezales y el blanco impoluto de los mástiles eólicos. 

Hacia la mitad de la gran recta que dibuja la carretera en éste páramo, a la derecha, encontramos la entrada a la hoy gran finca privada de Espinosilla de San Bartolomé, casi 7 km2 de terreno completamente vallado, impidiendo el paso por los antiguos caminos de Borcos, Ruyales y Bustillo. El camino más cómodo para ir de Huérmeces a Olmos sería precisamente el que discurre entre Ruyales, Espinosilla y Borcos, ya que enlaza las cabeceras de los ríos Ruyales y San Pedro (afluente del Hormazuela). De esta forma se evitaría la subida a uno de los tres páramos (el de Los Tremellos) que separan Huérmeces y Olmos.

Recorridos unos 3 km de esa gran recta, llegamos a El Sobadero, justo antes de afrontar la bajada hacia Las Hormazas; aquí abandonamos la dirección Oeste que traíamos desde que culminamos el páramo y tomamos la SW, por El Altillo y el Corral de Borcos hasta alcanzar el Camino del Bajidero, que desciende directo a Tobar.

Entrada a la "Granja" de Espinosilla

La Peña Ulaña y el Portillo del Infierno desde el Páramo de Espinosilla

Camino entre El Sobadero y El Altillo: al fondo, Páramo de Tobar
 
El Altillo: al fondo, Pinar de Las Hormazas partido por el Camino de Burgos

Iglesia de Tobar desde el Camino del Bajidero; al fondo, hacia la derecha asciende la carretera de Olmos, hacia la izquierda el Camino del Burro, que culmina en el Páramo de Olmos

Tobar es uno de los pocos pueblos de la zona con municipio propio (Manciles y Susinos también), a pesar de su cercanía al foco comarcal que constituye Villadiego. Destaca a la entrada del lugar la Iglesia de Santa María, de dimensiones desproporcionadas para el tamaño del pueblo. Su torre clasicista, de sillería perfecta, está adornada con profusión de gárgolas y pináculos; un crucero renacentista preside la entrada al templo, en el centro de una explanada aterrazada y murada (barbacana) de buen tamaño. Desde aquí se divisa la totalidad del caserío del pueblo.

Iglesia de Tobar desde la parte final del Camino del Bajidero

Iglesia de Tobar: torre y crucero

Iglesia de Tobar: calavera de piedra en la entrada a la barbacana

Tobar

La descomunal iglesia de Tobar, con la terraza de la barbacana apuntalada

Tobar: reloj de la iglesia; veinte minutos adelantado pero el sonido del campanil no tiene precio

Después de Tobar, por carretera, afrontamos la última subida de la ruta: el Páramo de Olmos, que separa los valles del Hormazuela y del Brullés.

Subida de la carretera entre Tobar y Olmos; al fondo, a la derecha, Camino del Bajidero por donde descendimos al pueblo
Páramo de Olmos: sólo un kilómetro de carretera interminable
Al culminar el páramo, en lugar de descender a Olmos por carretera, lo hacemos por el viejo camino de San Vítores, que parte del manantial homónimo, salvando los 80 metros de desnivel que separan el páramo del pueblo. A lo lejos, destacan las ruinas de la iglesia de San Pedro, en Castromorca y detrás, medio tapado por una loma, parte del caserío de Villadiego. Al poco de comenzar a descender, aparecen las almenas del torreón de Olmos.

Torre de Olmos, Castromorca y su arruinada iglesia, Villadiego apenas asoma detrás de la loma de El Crucero, más al fondo Barruelo de Villadiego

Olmos: viejo palomar en la ladera del Camino de San Vítores; torreón e iglesia

Antes de alcanzar las primeras casas del pueblo, en la ladera a la derecha, un curioso palomar de piedra, muy bien conservado. Sus pináculos esquineros no desentonan con las almenas del torreón ni con la torre de la iglesia.

Olmos y sus dos edificios destacables: el torreón y la iglesia

Olmos desde el Camino de San Vítores

El viejo torreón rodeado por la vivienda levantada en los años 20-30 del siglo XX; a la izqda., fuente de cuatro caños

Olmos: detalle de las almenas del torreón

Olmos: ventanas en torreón
El alto y almenado Torreón de Olmos, a diferencia del de Huérmeces, presenta un más que aceptable aspecto, a pesar de los más de seis siglos de edad con que nos contempla. En la vivienda adosada a la torre, levantada en las primeras décadas del siglo XX, vivió una parte de la familia de Olmos hasta no hace muchos años.

El arroyo de San Vítores, que desciende desde el manantial, pasaba al lado de la torre, pero hoy se encuentra completamente cubierto. De todas formas, una fuente de cuatro caños contribuye a refrescar el ambiente con el sonido de la desigual caída de agua.

Otro edificio destacado de Olmos es la Iglesia de la Asunción, peculiar por su torre recrecida sobre unos modillones salientes, que le dan el aspecto de torre defensiva, como queriendo competir con su vecino torreón. También destaca por unos elementos constructivos que tienen mucho de gótico y algo de románico.



Olmos: iglesia, con su portada gótica

Olmos: detalle de la torre de la iglesia

Olmos: parte del caserío y viejo palomar en la ladera del Páramo

El resto del caserío del pueblo conserva en general un buen aspecto, denotando la abundancia de segundas residencias; como en todos los pueblos del entorno, la población fija del lugar es muy exigua, permaneciendo abiertas todo el año unas cuatro casas.

Hoy en día, ya apenas se vendimia en Olmos, únicamente quedan cuatro pequeñas viñas (majuelos, como se denominan por aquí), una de ellas cultivada por Agustín, hijo de Eladia. 

Al igual que en Huérmeces, la despoblación ha hecho estragos en la zona, y Villadiego y Burgos acabaron siendo el lugar de residencia de parte de la familia de Olmos. También en el cercano Sotresgudo vive aún una hija de Eladia.

Y lo mismo que sucedió con sus parientes de Huérmeces, los descencientes de los hijos de Eladia y Maximiliano se desperdigaron por doquier: Bilbao, Burgos, Castro Urdiales, Colindres, León, Madrid y Mallorca. 


En la actualidad, la fiesta local de Olmos se celebra en San Juan, de manera alternativa, junto con los pueblos vecinos de Castromorca y Villanoño. 



NOTAS:

Viejas fotografías de Olmos encontradas en Internet, alguna de ellas perteneciente a un antiguo calendario:


Olmos en las primeras décadas del siglo XX: torre sin vivienda adosada, arroyo de San Vítores, iglesia y fuente



Olmos (1959): arroyo de San Vítores aún sin cubrir