jueves, 5 de noviembre de 2015

Hitos de hojalata, faros de secano



Cerca de Monte las Eras, allí dónde se cruzan los caminos de Castrillo, Navas y La Lastra, en un paraje casi plano, a más de 1000 metros de altitud, casi desprovisto de vegetación y batido por todos los vientos, existió hasta hace pocos años una desvencijada vespa blanca.

Cabría suponer que su último dueño, harto ya de las continuas averías de la moto, la abandonara allí mismo, quizás justo cuando el cansado motor diera sus últimos estertores.

Pero me cuentan que no fue así. Su ubicación en el cruce no fue fruto de la casualidad ni del hartazgo de su dueño. Fue un acto premeditado y con un claro objetivo: que la vespa sirviera de punto de referencia para las personas que por allí transitaran.

Este cruce de caminos siempre fue una encrucijada peligrosa en días de niebla o nieve, ya que era difícil averiguar –incluso para los propios lugareños- cual era la dirección correcta para bajar hacia el pueblo.




La vespa perteneció a don Alejandro, cura párroco de Huérmeces entre 1959 y 1966. Muchos problemas mecánicos le dio la vespa a su dueño. Tantos que, cuando el cura partió de Huérmeces hacia su nuevo destino, abandonó la moto sin pena alguna.

Después de permanecer unos años en una caseta perteneciente a la familia de Fidel Alonso, cartero de Huérmeces, a alguien se le ocurrió que podría utilizarse a modo de “faro de secano” en el conflictivo cruce de caminos.

Y allí la ubicaron. Sin ruedas ni complementos, casi desguazada. Y allí permaneció muchos años cumpliendo fielmente con su cometido como baliza para labradores, cazadores y caminantes.

Aunque no dejara de ser una simple chatarra, su persistencia en el tiempo acabó por otorgarle la categoría de hito, mojón indicador. Y a más de un vecino orientó en días de ventisca.

Su carcasa también sirvió de blanco para cazadores frustrados tras un día escaso de perdices.

Hace pocos años, la vespa blanca desapareció sin más. Seguramente, algún chatarrero que pasó por el lugar -cuyo acceso se ha visto muy facilitado por la moderna pista de servicio del parque eólico- arrampló con la chatarra, ignorante de que estaba acabando con una parte de la historia sentimental de Huérmeces.


En el paraje de Palillos, muy cerca del lugar dónde se ubicaba la vespa, un rayo acabó con la vida de Eugenio Alonso en julio de 1940. Por ironías del
destino, a unos pocos metros del lugar de la descarga, hoy, tres cuartos de siglo más tarde, un moderno y altísimo pararrayos se yergue sobre la zona. Cuida de que las tormentas no dañen a ninguno de los catorce molinos del parque eólico de “El Sombrío”.

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